No nací líder, la vida me fue convirtiendo en una

Cuando nacemos, nadie nos dice que vamos a ser líderes. Nadie nos entrega un manual, un diploma o una señal que indique cuál será nuestro propósito. Sin embargo, mirando hacia atrás, creo que algunas señales estuvieron siempre ahí.
General15 de junio de 2026 Barbara Paredes

FOTO BÁRBARA PAREDES

En los grupos de amigas suele haber una que organiza, que propone planes, que toma decisiones cuando nadie sabe qué hacer. A veces puede resultar agotador, porque la responsabilidad aparece incluso cuando nadie la pidió. Pero con el tiempo entendí que muchas líderes comienzan así, sin darse cuenta.

Me gusta pensar que una líder se parece a una semilla de roble. Desde el principio ya tiene dentro suyo todo el potencial para convertirse en un árbol fuerte, firme y capaz de resistir tormentas. Lo único que necesita son herramientas, acompañamiento y oportunidades para crecer.

Soy Bárbara. Nací en Formosa, una provincia ubicada al norte de Argentina, profundamente influenciada por la riqueza cultural de la región y por la cercanía con Paraguay. Crecí escuchando historias familiares y observando una sociedad donde los roles de hombres y mujeres estaban muy marcados, y eso influyó en mi forma de entender el liderazgo. Con el tiempo comprendí que muchas de las creencias que absorbemos durante nuestra infancia influyen en la manera en que nos relacionamos con la autoridad, las decisiones y el liderazgo.

Mi padre pertenecía a una fuerza de seguridad argentina que atravesaba un proceso de incorporación de mujeres a espacios históricamente ocupados por hombres. En ese contexto crecí, rodeada de valores como el compromiso, la disciplina y la responsabilidad.

Y quizás por eso, o tal vez por destino, decidí seguir el camino familiar. Mis dos hermanos mayores habían elegido esa profesión y yo también ingresé. Formé parte de una de las primeras promociones de mujeres que comenzaron a ocupar espacios que históricamente habían pertenecido a hombres.

No fue fácil. Había días en los que sentía que debía demostrar constantemente que estaba preparada. Pero sin darme cuenta, aquella experiencia comenzó a forjar algo dentro de mí. Aprendí disciplina, resiliencia, capacidad para tomar decisiones bajo presión y, sobre todo, aprendí a liderar.

Con apenas 21 años tenía personas a mi cargo que podían tener la edad de mi padre. En ese momento creía que liderar consistía en dar órdenes y lograr resultados. Pero la vida, como suele hacerlo, se encargó de enseñarme algo mucho más profundo: las personas no siguen una jerarquía, siguen a quienes les generan confianza.

Con el tiempo llegué al ámbito de las investigaciones y encontré una pasión que jamás había imaginado. Me fascinaba comprender comportamientos, analizar situaciones complejas y buscar respuestas donde otros veían solamente problemas. Sin embargo, detrás de ese mundo apasionante existía una realidad que pocas personas ven: la presión constante, las decisiones que debían tomarse rápidamente, las enormes responsabilidades y situaciones donde un error podía tener consecuencias importantes.

Sin darme cuenta, estaba liderando bajo presión todos los días.

Y ocurrió algo que todavía hoy me emociona recordar. Logré que hombres que me duplicaban en edad confiaran en mí, no porque una jerarquía lo exigiera, sino porque había construido algo mucho más fuerte: credibilidad.

Mi carrera me llevó a conocer distintas realidades del país. Después de mi formación en Buenos Aires, tuve la oportunidad de desempeñarme en provincias como Salta y Chubut antes de regresar nuevamente a la Ciudad de Buenos Aires. Cada destino me permitió comprender distintas formas de vivir, trabajar y liderar, ampliando mi mirada sobre las personas y los desafíos que enfrentan.

Los años pasaron, llegaron nuevos desafíos, responsabilidades y oportunidades. Y con ellos cambios personales importantes. Me casé, fui mamá y, como suele pasar, la vida volvió a desafiarme.

Mientras intentaba liderar equipos y asumir responsabilidades profesionales, también estaba intentando construir una familia. Hasta que un día todo cambió.

Con una hija pequeña de apenas tres años atravesé un divorcio y me convertí en madre autónoma. Y ahí entendí algo que jamás me habían enseñado en ningún curso de liderazgo.

No solo tenía que liderar en mi trabajo; también tenía que liderar mi hogar.

Tenía que tomar decisiones todos los días: decisiones económicas, emocionales, sobre el futuro y sobre la crianza. La mochila se volvió cada vez más pesada y, aunque por fuera parecía fuerte, por dentro sentía que algo faltaba. Había logrado muchas cosas, pero no era feliz. Sentía que estaba sobreviviendo más que viviendo.

Hasta que apareció el coaching. Y algo dentro de mí despertó.

En aquel momento pocas personas sabían realmente qué era. Pero desde la primera vez sentí que había encontrado algo que necesitaba explorar. Decidí apostar por ese camino y, dos años después, me recibí como coach y comencé a acompañar personas.

Sin embargo, durante mucho tiempo seguí viviendo una contradicción. Por un lado estaba mi mundo profesional, asociado a la exigencia, la presión y la toma de decisiones. Por otro lado estaba el coaching, asociado a las emociones, el autoconocimiento y el desarrollo humano. Era como si convivieran dos versiones de mí, y tampoco podía seguir así.

Hasta que un día, en un evento de networking, ocurrió algo que cambió mi perspectiva. Una persona me invitó a brindar una conferencia. Apenas conocía mis redes sociales; no conocía mi historia completa ni mi recorrido profesional.

Cuando vi la diversidad del público me pregunté qué podía compartir que conectara con todos. Y entonces apareció una respuesta que llevaba años dentro mío: liderazgo personal bajo presión.

Porque comprendí que todo lo que había vivido estaba unido por el mismo hilo conductor. Las investigaciones, la maternidad, el divorcio, la presión, las decisiones difíciles y el coaching formaban parte de una misma historia. Por primera vez, todo tenía sentido.

Descubrí que el liderazgo no comienza cuando dirigimos a otros. Comienza cuando aprendemos a dirigirnos a nosotros mismos.

Porque quizás una directora ejecutiva nunca participe de un operativo ni una madre autónoma tenga que conducir un equipo de trabajo. Pero ambas tendrán que enfrentar decisiones que les generen miedo, incertidumbre y responsabilidad. Y nuestro cerebro no distingue entre una amenaza física y una amenaza emocional. La presión se siente igual.

Por eso hoy decidí integrar todos mis mundos: mi experiencia profesional, la Programación Neurolingüística, el coaching ontológico, la maternidad y todo lo que aprendí tomando decisiones bajo presión.

Porque muchas veces creemos que el liderazgo pertenece a quienes ocupan cargos importantes. Sin embargo, también lidera la mujer que sostiene sola un hogar, la madre autónoma que toma decisiones todos los días por sus hijos, la emprendedora que apuesta por sus sueños y la profesional que sigue avanzando aun cuando siente miedo.

Hoy quiero dejarte una pregunta:

¿Qué decisión estás postergando en este momento?

Tal vez el liderazgo que estás buscando no esté en un cargo, en un título o en el reconocimiento de los demás. Tal vez esté esperando del otro lado de esa decisión que venís evitando hace tiempo.

Porque después de todo lo vivido, aprendí algo que jamás olvidaré:

No nací líder. La vida, con cada desafío, con cada caída y con cada decisión difícil, me fue convirtiendo en una.

Hoy transformé esa experiencia en una misión. Acompaño a personas, equipos y organizaciones a desarrollar liderazgo personal, comunicación estratégica y capacidad de decisión en contextos de presión e incertidumbre, integrando mi experiencia profesional con herramientas de coaching y desarrollo humano. Porque si algo aprendí en el camino es que el liderazgo más importante es el que ejercemos sobre nuestra propia vida.

Bárbara María Paredes
Especialista en Liderazgo Personal Bajo Presión y Comunicación Estratégica